Sí, sí, lo has leído bien: los signos de interrogación y exclamación abiertos, esos simpáticos “¿” y “¡” que nos miran desde el principio de las frases, son exclusivos del español. ¡Ningún otro idioma del mundo los utiliza así! Pero… ¿de dónde vienen? ¿Por qué los usamos nosotros y no los demás? Y sobre todo, ¿por qué deberías seguir usándolos, aunque escribas en el chat o en Instagram?
Una rareza orgullosamente nuestra
En español, los signos de interrogación y exclamación se colocan tanto al inicio como al final de una frase. Algo que, por cierto, no ocurre en lenguas tan influyentes como el inglés, el francés, el alemán o el italiano.
Así, mientras un angloparlante puede escribir What time is it?, nosotros decimos con total claridad: ¿Qué hora es?
¿La diferencia? Que desde el primer momento, sabemos que viene una pregunta. Lo mismo ocurre con las exclamaciones: ¡Qué sorpresa! se siente mucho más expresiva que una simple What a surprise!
Esta forma de escribir nos da una pista inmediata del tono con que debemos leer o entender la frase. ¡Y eso es oro puro cuando estás leyendo sin voz, como en WhatsApp o en un correo electrónico!
Un poco de historia: los orígenes medievales
Aunque parezca cosa moderna, tanto el signo de exclamación como el de interrogación tienen raíces que se hunden en la Edad Media.
El signo de exclamación aparece ya en manuscritos latinos medievales. De hecho, algunos estudios creen que deriva de la palabra latina “io”, una interjección de alegría. Con el tiempo, la «i» se colocó encima de la «o», y así nació el símbolo “¡” que usamos hoy.
En cuanto al signo de interrogación, se lo debemos a los carolingios, esa poderosa dinastía francesa que gobernó buena parte de Europa occidental entre los siglos VIII y X. Su símbolo de pregunta se fue transformando hasta parecerse al actual “?”. Pero atención: en ambos casos, los signos solo se usaban al final de la frase.
O sea, durante siglos, nadie pensaba en abrir las preguntas o exclamaciones. La sorpresa venía… ¡cuando ya habías terminado de leer!
El gran giro: el siglo XVIII y la Real Academia
La aparición del signo inicial de interrogación en español tiene fecha concreta: 1754, con la publicación de una edición clave de la Ortografía de la Real Academia Española.
Hasta entonces, el único signo era el final. Pero los académicos de la lengua, muy conscientes de que las frases podían ser largas y confusas, decidieron que hacía falta marcar el principio de la pregunta. Así se garantizaba que el lector supiera desde el primer momento que debía leer con entonación interrogativa.
¿Y cómo evitar la confusión con el signo final? Pues fácil: se inventaron el signo invertido, para que no hubiera dudas. Fue una solución tan ingeniosa como única.
Al principio, este signo solo se usaba en frases largas. En frases cortas, podías seguir escribiendo solo “?” al final. Pero claro… ¿quién decidía qué era “largo” y qué era “corto”? ¿Cinco palabras? ¿Diez? ¿Una subordinada?
Ante tanto caos interpretativo, en 1870 la RAE optó por simplificar: todas las preguntas deben llevar los dos signos, sin importar la longitud de la frase. Y punto.
¿Y qué pasó con la exclamación?
El signo de exclamación tardó un poco más en entrar en escena de forma oficial. Durante mucho tiempo se le llamó signo de admiración, y la primera referencia ortográfica la encontramos en el Diccionario de Autoridades de 1726. Sin embargo, su forma doble no se consolidó hasta 1884, cuando quedó recogida oficialmente en el diccionario.
Curiosamente, no fue hasta 2014, en la 23ª edición del Diccionario de la RAE, que pasó a llamarse “signo de exclamación” en lugar de “signo de admiración”. ¿Por qué el cambio? Porque no solo expresa admiración, sino también sorpresa, ira, alegría, súplica, ironía… ¡un abanico emocional completo!
¿Y los otros idiomas? ¿Por qué no lo usan?
Te estarás preguntando: si es tan útil, ¿por qué el resto del mundo no lo hace? La respuesta es simple: la mayoría de los idiomas modernos no han sentido la necesidad de marcar el inicio de una pregunta o exclamación porque confían en el contexto… o en la entonación hablada. Pero claro, eso no siempre funciona bien en lo escrito.
De hecho, muchos lingüistas extranjeros que estudian el español consideran esta doble puntuación una de las herramientas más inteligentes de nuestro idioma. Porque hace que la lectura sea más clara, precisa y expresiva.
¿Y en la actualidad? ¿Se siguen usando igual?
¡Sí! La Real Academia Española insiste una y otra vez: los signos dobles son obligatorios. No es correcto escribir “Como te llamas?” o “Qué bonito es esto!” porque faltan los signos de apertura: ¿Cómo te llamas? ¡Qué bonito es esto!
Incluso en los mensajes informales, se recomienda mantenerlos si se quiere escribir con corrección. Por eso, si vas a enviarle un mensaje a tu profesor de español, mejor que digas: ¡Hola! ¿Tienes un minuto?
Otra cosa importante: el signo de apertura se coloca justo donde empieza la pregunta o la exclamación, aunque no sea al inicio de la frase. Por ejemplo:
- “Y entonces, ¿tú qué hiciste?”
- “Pero ¡qué barbaridad!”
Además, se escribe con minúscula después del signo de apertura, a menos que haya un punto antes. Ese detalle a veces se nos olvida, pero es fundamental para escribir bien.
¿Sabías que…?
Y como en todo buen artículo, aquí van unas cuantas curiosidades extra para dejarte con la boca abierta (¡y bien acentuada!):
- En el mundo digital, sobre todo en redes sociales y mensajería rápida, mucha gente omite los signos de apertura. Pero eso no significa que esté bien escrito: la RAE no lo aprueba.
- Algunos defensores del esperanto, una lengua artificial creada para unir culturas, han propuesto también usar signos de apertura, inspirados en el español. ¡No está mal como influencia!
- En catalán, gallego y euskera no se utilizan los signos dobles, aunque son lenguas cooficiales en España. ¡Otra prueba de que esta es una característica exclusiva del castellano!
- El escritor Gabriel García Márquez, en su etapa más rebelde, llegó a proponer que se eliminaran los signos de apertura porque, según él, ya eran innecesarios con la experiencia del lector. Afortunadamente, su propuesta no prosperó.
En resumen: ¡síguelos usando!
Los signos “¿” y “¡” pueden parecer una rareza, pero son parte de lo que hace especial al español. Nos ayudan a leer mejor, a entender el tono desde el principio y a expresarnos con más claridad. Son, en cierto modo, como las tildes emocionales del idioma.
Así que la próxima vez que escribas un mensaje, un tuit o incluso una nota de clase, recuerda que estos signos no están de adorno. Están ahí para hacer que lo que dices suene como tú quieres que suene.
Y tú, ¿los usas siempre bien?
¡Esperamos que sí!



